Motivar o presionar; ¿qué haces para cultivar los talentos de tus hijos?


Estas fiestas navideñas tuvimos la visita de unos parientes que viven en los Estados Unidos. Se trata de la familia de una sobrina que fue a estudiar un posgrado en la Universidad de Brown y además de obtener el grado, consiguió un trabajo en aquel país; años después se casó, tuvo hijos y la idea de regresar a México se borró por completo de su mente.

Lo que no se perdió, por fortuna, fueron los vínculos familiares, así que además de tener un frecuente contacto gracias a la tecnología, vienen a visitarnos cada vez que tienen oportunidad, o bien nos invitan a pasar temporadas con ellos. Esto nos agrada mucho a todos, ya que también es una ocasión para que nuestros hijos convivan y practiquen su inglés con sus primos estadounidenses.

En esta ocasión, la familia llegó a tiempo para asistir al festival de navidad de nuestros hijos, un evento para el que todos los alumnos se prepararon con varios meses de anticipación. Sin embargo, cuando llegamos al gimnasio de la escuela, donde inicialmente se llevaría a cabo el festival, nos encontramos con la puerta cerrada y varios carteles pegados en ella. Uno indicaba que el evento tendría lugar en el auditorio principal y otro anunciaba unos asientos de estadio en venta (“Stadium seats for sale”, tradujo mi hija mayor a uno de sus primos).

Escuchar la excelente pronunciación del inglés que ha logrado mi hija me impulsó a hacer algo que probablemente no estuvo muy bien; escuchar la conversación que había iniciado con su primo. Ella le explicó que la escuela estaba haciendo algunas remodelaciones y por tanto se quedarían sin gimnasio por un tiempo; como iban a cambiar instalaciones y mobiliario, estaban vendiendo a bajo costo lo que aún se encontraba en buenas condiciones; así obtendrían fondos para continuar con el impulso a las actividades deportivas.

Más aún que la clara y bien formulada explicación de mi hija, me sorprendió la respuesta de su primo, quien comentó lo afortunada que era, porque así no tendría que asistir a prácticas deportivas por un buen tiempo. Mi hija también se mostró asombrada y continuó una plática que tuve la prudencia de ya no escuchar. Sin embargo, más tarde la niña me contó de qué se trataba.

Me dijo que su primo estaba en el equipo de basketball de la escuela, pero que desde hace tiempo había perdido toda la motivación por aquel deporte. Su papá lo presionaba mucho, más que el propio entrenador, y era tal el agobio de mi sobrino, que cuando volteaba a las gradas y veía sentado a su padre, se quedaba como petrificado; apenas podía correr y definitivamente no acertaba un pase, mucho menos una anotación. Todo por el temor que sentía de fallar delante de su papá, lo cual terminaba haciendo a causa del estrés.

Mi hija estaba muy enojada ante aquella “injusticia” (así lo expresó) y no pudo contener el comentario de que su tío era malo. Yo le comenté que no era así; le dije que él sólo trataba de impulsar el talento de su hijo y evitar que se desperdiciara, sólo que tal vez exageraba un poco y no se daba cuenta.

La niña no pareció muy conforme con mi respuesta y la verdad es que yo tampoco lo estuve. Pero sé que no es mi función la de criticar a otros padres, así que en vez de hacerlo, decidí reflexionar acerca de mis propias acciones y preguntarme si alguna vez he rebasado los límites al tratar de motivar a mis hijos.

Mi hija mayor juega volleyball y el menor estudia karate. Ambos adoran sus deportes, pero en varias ocasiones he tenido que ponerme un poco estricta para que asistan a las prácticas. No es que les disguste ir; lo que no les entusiasma es despertarse más temprano o perderse sus series favoritas los días de entrenamiento. También les he llamado la atención cuando a causa de la pereza o la distracción, no rinden tan bien como podrían hacerlo; y esto no sólo en el deporte, sino en la escuela y, en general, en todas las actividades que llevan a cabo.

Si alguien me dijera que soy injusta, le respondería precisamente lo que contesté a mi hija, que lo hago para motivarlos y que no desperdicien sus habilidades. Pero, ¿en qué punto la motivación se convierte en presión excesiva? No podría responder con certeza, pero creo que si lo que hacemos provoca que nuestros hijos detesten o teman algo que antes amaban, vamos por el camino equivocado.